Colección de Cuadernos de Campo y libros editados por El Ojo Crítico.

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sábado, 3 de agosto de 2019

“La brujería no es gran cosa
cuando le hallas el truco”.
Don Juan. “Una realidad aparte”, pág. 246.

Set de rodaje de “Red Lights”.
Barcelona. Febrero de 2012.

Volví a acomodar el gadget en las manos de Robert de Niro, que me miraba fijamente a los ojos. El ganador de dos premios Oscar por Toro Salvaje y El Padrino II, sonrió indicándome que estaba preparado, así que le devolví la sonrisa, retrocedí un par de pasos para salir del plano y entonces el director Rodrigo Cortés dijo: ¡Acción!, y las cámaras comenzaron a rodar la nueva escena, totalmente improvisada, que acabábamos de incluir en el guión de la película Red Lights (Luces Rojas).

Mi contrato con la productora no incluía este efecto, pero Rodrigo Cortés, consagrado como director de culto tras la premiada película Buried (Enterrado), se había entusiasmado cuando le mostré la nueva técnica de “doblaje de metales” que acababa de incluir en mi repertorio.

-¿Podrías enseñarle a Bob a hacer eso?

-¿Bob? ¿Qué Bob?

-Bob… Robert… De Niro…

-¡Joder! ¿Quieres que le enseñe a Robert de Niro a hacer este efecto ahora? Pero, ¿cuántos días tengo para que practique?

-Media hora…

Creo no faltar a la verdad si afirmo que, en cierta manera, estuve cerca del guión de Red Lights desde el principio. Aunque jamás pude imaginar que llegaría a trabajar en un proyecto cinematográfico de tal envergadura con mis admirados Robert de Niro, Cillian Murphy o Sigourney Weaver.

Recibí la primera llamada del director Rodrigo Cortés a principios de 2008. Pocos días después del funeral por mi amiga Concha Labarta. Hoy confieso con pudor que por aquel entonces ni siquiera conocía su magistral película Concursante -absolutamente premonitoria-, y que justo aquel año, el del comienzo de la crisis económica, tenía más vigencia incluso que el año de su estreno. Sin embargo, en mi descargo, diré que muy probablemente muchos lectores tampoco conocían la obra de este brillante director antes de que en 2010 maravillase a la crítica norteamericana primero, y del resto del planeta después, con su magistral Buried, convirtiéndose inmediatamente en un director de culto. Pero Buried fue un proyecto que surgió de repente, mientras Cortés trabajaba en su guión de Red Lights: la historia de la Dra. Margaret Matheson (Sigourney Weaver), y el Dr. Tom Buckley (Cillian Murphy). Dos investigadores especializados en desenmascarar fraudes paranormales, que tienen que enfrentarse al mayor psíquico de la historia: Simon Silver (Robert de Niro), capaz de superar todas las pruebas a las que someten sus excepcionales capacidades extrasensoriales y psicoquinéticas.

En nuestras primeras conversaciones, allá por 2008, y gracias a la excelente labor de documentación del periodista David Cuevas, Cortés ya estaba familiarizado con los grandes clásicos de la parapsicología y el espiritismo: Daniel Douglas Home, Nina Kulagina, Uri Geller, etc. Mi humilde contribución se limitaba a relatarle de primera mano, el trabajo de un investigador especializado en los fraudes paranormales, ilustrándolo con casos reales que quién esto escribe ha tenido la oportunidad de desenmascarar. Como las historias del curandero Andrés Ballesteros, el contactado venezolano Ismael Rodríguez, el sanador argentino Ricardo Schiariti, los diablos de Haití, las Hadas de Cottingley, etc. Y otros casos en los que, sin embargo, no encontré evidencias de fraude -por ahora- como el de Mónica Nieto, Nina Kulagina, etc., que también tienen presencia en Red Lights, y que me han permitido mantener mi esperanza en que no todos los casos son falsos…

En 2011, y tras el éxito internacional de Buried, Rodrigo Cortés retomó el proyecto de su película sobre los desenmascaradores, con mucho mas respaldo, presupuesto y capacidad que en 2008, y tuvo la amabilidad de contratarme como “magic coach” de la película. Dándome la oportunidad de colaborar, aunque Murphy no lo necesitase, en la consolidación del personaje de Tom Buckley. Para ello debía trabajar con Cillian, familiarizándolo con las técnicas de prestidigitación e ilusionismo, imprescindibles para todo investigador serio de los supuestos fenómenos anómalos. Y como Cillian resultó ser un alumno excepcional, Cortés tuvo la amabilidad de mantener en el guión una escena en la que Murphy reproduce uno de los efectos que el director de Red Lights me había visto realizar en 2008, y que yo había adaptado de un gadget de prestidigitación a mi repertorio de mentalismo, y a mis demostraciones sobre el desenmascaramiento de los falsos médiums, psíquicos fraudulentos y pseudochamanes.

Aquella mañana de febrero de 2012, en el plató de Red Ligths, Rodrigo Cortes había estado rodando la escena en que el psíquico Simon Silver (Robert De Niro) era sometido a todo tipo de experimentos en un laboratorio de parapsicología, inspirado en los experimentos realizados con Uri Geller en el Stanford Research Institute en los años 70. Como he dicho, yo acabada de localizar un nuevo “truco” para realizar el doblaje de metales imitando el llamado “efecto Geller”. Cuando Robert de Niro y Rodrigo Cortés terminaron de grabar la escena, y el actor regresó a su caravana, se lo mostré al director. A Rodrigo le encantó, y rápidamente supo ver su potencial en la película. Así que me pidió que intentase enseñar a su Simon Silver, cómo hacerlo. Pero no es un “efecto” sencillo. Requiere práctica y “dotes”, pero, como me repetía Cortés en muchas ocasiones: “Los actores son esponjas, Manuel, lo absorben todo”. Y así fue. Cinco minutos después me encontraba ante Robert de Niro, enseñándole a “alterar la materia con el poder de la mente”.

En cuanto entré en su caravana estrechó mi mano con fuerza mientras me miraba directamente a los ojos y sonreía con cordialidad. Me gustó. A pesar de su edad, sus arrugas y su cabello blanco, apretaba al estrechar la mano, y mantenía la mirada. Se le veía ágil y en forma. Como si tuviese veinte años menos. Como si en lugar de encontrarme ante el Simon Silver de Red Ligths me enfrentase al temible Max Cady de El cabo del miedo, o al entrañable Leonard Lowe de Despertares. Profundamente cortés, pero callado, se limitaba a asentir con la cabeza ante mis explicaciones sonriendo primero con complicidad y después con satisfacción. Con esa risa pícara del niño que ha aprendido a realizar su primer “truco” de magia y disfruta de la expresión de asombro en el rostro de sus primeros espectadores. Media hora más tarde de Niro repetía el “milagro” en el plató, ante un asombrado equipo de rodaje que no veía trucos de cámara, ni de edición. Durante la grabación del plano, a un par de metros de mi, todos los cámaras, maquilladores, técnicos de sonido, etc., veían como Simon Silver “realmente” doblaba el metal con el poder de su mente. No pudo haber salido mejor. De hecho, según me relataría Rodrigo Cortés un año después, Red Ligths fue la película escogida para inaugurar el prestigioso Festival de Sundance en 2012. “Y una de las cosas que me preguntaban todos allí, es como había rodado esa escena. Yo les decía que no había truco de cámara, ni efectos de edición, que lo que se veía en la pantalla es lo que nosotros veíamos en el momento del rodaje, y todos estaban asombrados…”.

Pero lo que yo recuerdo de aquel instante, en el plató de Red Ligths, fue una oleada de nostalgia que me embargó de repente. Al ver el rostro de Robert de Niro, remarcando sus arrugas por el rictus de intensa concentración, mientras el metal se doblaba en su mano, para asombro y desconcierto de todos los presentes, que no podían apartar la mirada de lo que estaba ocurriendo entre los dedos del actor. “Ahora mismo podría estar alterando su punto de encaje”. Aquella frase, que había escuchado de labios de Carlos Castaneda durante una de 10  sus visitas a España en 1994, vino de repente a mi memoria. Y a continuación recordé aquel párrafo de “Una realidad aparte” en el que Castaneda describe físicamente a su maestro, el indio yaqui don Juan Matus:

“…Era de estatura mediana. Su cabello blanco y corto le tapaba un poco las orejas, acentuando la redondez del cráneo. Era muy moreno: las hondas arrugas en su rostro le daban apariencia de viejo, pero su cuerpo parecía fuerte y ágil”.

Esa descripción que hace Castaneda de don Juan Matus casaba como un guante con el Robert de Niro que tenía a un par de metros de mí, realizando un “prodigio brujo” a ojos de los presentes. Y pensé en que, probablemente, si alguien podía llevar a la pantalla el personaje del legendario brujo yaqui, ese era de Niro. “No soportaría ver a Anthony Quinn interpretando a don Juan”, repetía Carlos Castaneda en infinidad de entrevistas y conferencias. Pero seguro que sí le gustaría Robert de Niro, pensé. Recordé de repente mi historia personal con Carlos Castaneda. Las primeras lecturas de sus libros, siendo solo un adolescente. Mis experiencias personales con chamanes en Asia, África, Europa o América tratando de emular sus relatos. Mis tomas de peyote con los brujos en México o de San Pedro con los chamanes en Perú, tomando notas en mi cuaderno hasta que “el viaje” distorsionaba mi letra y torcía los renglones, haciéndome imposible seguir escribiendo. Rememoré la emoción, tras media vida intentando emularlo, de conocer por fin personalmente al escurridizo Carlos Castaneda y a sus “brujas”. Y las prácticas de intensa recapitulación y los “pases mágicos” que ensayé durante meses, ante la insistencia que mostraron en mi dos de sus brujas (Carol Tiggs y Kylie Lundahl). Siempre de la mano de mi amiga Concha Labarta, empeñada en convertirme en un “guerrero impecable” a toda costa. Recordé mi desencanto al descubrir el imperio comercial que había rodeado a Castaneda en los últimos años de su vida, manipulado –creía yo- por dichas “brujas”. Y como al volver a leer sus libros había creído identificar en sus relatos sobre los extraordinarios poderes sobrenaturales de don Juan Matus, don Genaro Flores, Vicente Medrano, Silvio Manuel, Juan Tuma y los demás brujos de su linaje, la descripción de simples trucos de ilusionismo, como los que yo estaba enseñando a Robert de Niro o Cillian Murphy. Y mi conclusión final de que Castaneda había sido engañado por unos pícaros charlatanes, como tantos que he conocido en mis viajes por el mundo de los chamanes.

Pero estaba totalmente equivocado. Exactamente un año después de grabar aquella escena con Robert de Niro, en febrero de 2013, el investigador británico Chris Aubeck, colaborador habitual en El Ojo Crítico, y cuyo rigor y seriedad estaban sobradamente acreditados, me hacía llegar un texto para el próximo número de la revista que se publicaría en marzo de ese año. Cuando leí aquel texto me enfurecí. Era duro, inflexible y muy documentado. Como todo lo que hace Aubeck. Pero lo que realmente me encolerizó no era lo que decía el autor de aquella crítica tan feroz sobre la obra de Castaneda, sino que, de ser cierto todo lo que decía, mi amiga Concha Labarta había perdido inútilmente los últimos años de su corta pero intensa vida. Decidí publicar el artículo de Aubeck, a pesar de que me negaba a aceptar su interpretación de los hechos y de que emocionalmente me sentía agredido por sus afirmaciones. Como se sintieron al leerlo muchos de los seguidores incondicionales del Nahual Carlos Castaneda. Solo hay que ver los comentarios que tiene la edición onLine. Pero, justo en ese instante, decidí que dedicaría el tiempo que fuese necesario a volver atrás. Al principio. Y a reconstruir, paso a paso, la vida secreta de Carlos Castaneda, para averiguar cuál era la verdad sobre el linaje brujo de don Juan Matus, al que mi amiga Concha consagró unos años de su vida que nunca tendría la oportunidad de recuperar.

Ese es el motivo de esta investigación que ahora tienes en tus manos, y que pretende homenajear la memoria de Concha Labarta. Una buscadora sincera, una guerrera impecable, que se entregó en cuerpo y alma a un camino con corazón, y que fue consecuente con él hasta el final. A través de ella intento ofrecer a los que como Concha consagran buena parte de su vida al Nahual Carlos Castaneda, y otros similares, las claves que he descubierto durante los últimos años, dedicados íntegramente a desvelar las dudas y ambigüedades que rodearon su obra y su vida. Un viaje que me ha hecho experimentar personalmente vivencias sorprendentes con chamanes siberianos, peruanos, haitianos, venezolanos, africanos, mexicanos, etc. Que me ha obligado a retomar casos y sucesos extraordinarios, muy vinculados con la obra de Castaneda, como la desaparición del Dr. Jacobo Grinberg, la vida de Andrija Puharich o el affaire UMMO. Y que me ha exigido una revisión de mi percepción sobre los pilares del mundo académico, e incluso el origen de las religiones…

Cuando su amigo Martin Scorsese le ofreció a mi “alumno de ilusionismo” Robert de Niro el papel de Jesucristo en “La ultima tentación de Cristo”, de Niro lo rechazó. Y en respuesta a un periodista sentenció: “Si hay un Dios tiene mucho por lo que responder”. Creo que don Juan Matus, también tiene mucho por lo que responder.

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